TRATADO DE LARAMIE DE 1868

En 1858 en Cherry-Creek (arroyo de Cereza) en Colorado donde esta hoy Denver, se encontró oro, en los territorios de los indios, no muy lejos del río Laramie, se produjeron avalanchas de emigrantes en busca de fortuna surgieron rápidamente ciudades, como Auraria, que dio lugar posteriormente a Denver.
Surgió también Golden-City, que fue capital del Colorado, al pie de las montañas Rocosas, donde nace el Laramie. Laramie fue un cazador canadiense al que mataron los Sioux (Siux) y de el reciben el nombre diversos accidentes geográficos y el fuerte, que se fundó como William en 1834, pasando a llamándose Laramie, algunos años más tarde.
La invasión de los territorios provocó graves enfrentamientos con los indios, se intentó solucionar el problema con tratados, entre otros el Tratado de Laramie.
Según el relato de M. L. Simonin (en el que se basa este artículo) a primeros de noviembre de 1868 la Comisión encargada de tratar con las diferentes tribus se dirigía al fuerte Laramie. Con intención de asistir a la misma, M. L. Simonin tomó una caravana de Denver a Cheyenes ciudad fundada en julio, nombre que se tomó de Cheyenes (en el original Cayenes), una tribu cuyo jefe era Lobo Manchado.
Segue Simonin el relato: "Seguí el viaje en una caravana de 30 furgones y 150 bueyes. Acampamos en Pole-Creek esperando reunirnos a los comisionados que llegaron el día 8. No venían ni el General Sherman ni el senador Henderson, pues iban a empezar las sesiones de la Cámara y tenían que asistir.
En lugar de Sherman iba el General Augur, otro componente ere el General Terry gobernador de Dakota. El anciano General Harney que combatió a los indios y terminó siendo su amigo también era comisionado. Como presidente de la comisión llegó M. Taylor, encargado de los negocios indio en Washington. Eran otros componentes, el General Sanborn, el coronel Tappan, el secretario M. White, el artista pintor H. Howland y varios corresponsales de diarios, de San Luis, de Chicago y de New-York,
Dice M. L. Simonin: Que se presentó a la Comisión y solicitó unirse a la expedición. El 11 de noviembre de 1868 ya estaban en Laramie. “El Cuartel y los almacenes son de madera. A orillas del Laramie está el corral, con una cerca en cuyos ángulos hay torres de ladrillo, los fuertes del corral están ocupados por los muleros. Tienen baterías blindadas. Un puente de madera conduce al único parador del país. Al lado del parador hay una casa de bebidas donde se venden libros, periódicos y novelas. El personal del fuerte se compone de unas 600 personas, entre administradores, soldados, oficiales, muleros y demás”.
Las diversas tribus del Norte, sobre todo las que constituyen por su agrupamiento la gran nación de los Sioux (Siux), eran las que esperaban con más impaciencia a los comisionados; pero solo los Cuervos estaban presentes. Mr. Beauvais, agente principal de la Comisión, que salió algunos meses antes de San Luis para trasladarse a Laramie, había prometido atraer a los Sioux (Siux); pero estos no llegaban, porque se dedicaban entonces a la caza, muy lejos de aquel punto, y no querían molestarse. Enviabanles un mensajero tras otro; pero los unos contestaban que hacía demasiado frío para emprender tan largo viaje, y los otros que los blancos les habían engañado tantas veces, que no querían contestar ya a su llamamiento. Algunos llegaron hasta el punto de insolentarse, enviando a mil diablos a la Comisión de los Estados Unidos.
“Que el Gran Padre (el presidente) retire a sus jóvenes (soldados) de nuestro país, contestó a los mensajeros Nube Roja, jefe de los Caras Feas, y entonces firmaremos un tratado que no tendrá fin.”
Todos los jefes que oyeron estas palabras, y entre ellos el jefe Costilla Gruesa, aplaudieron con entusiasmo estas palabras.
Los Cheyenes del norte no se mostraron más corteses ni más activos que los Sioux (Siux); el pobre Mr. Beauvais, a quien los indios llamaban Gran Vientre a causa de su corpulencia, no podía ir él mismo a buscar a los Sioux (Siux); pero si le hubiera sido posible, habría ido a traerles por fuerza.
Cansada de esperar, la Comisión resolvió abrir las conferencias con los Cuervos el 12 de noviembre a las diez de la mañana, para oír a la vez a los jefes Arrapahoes llegados de la frontera. En el entretanto tomó oficialmente las declaraciones de algunos tratantes del territorio de Montana, Quienes dieron a conocer varios detalles de las devastaciones cometidas por los indios en esta región, recientemente colonizada por los americanos para explotar las minas de oro y plata. Los deponentes dieron también cuenta a la Comisión de los motivos de queja que podían tener los indios contra los blancos.
También se oyó al digno M. Hunt, gobernador de Colorado, quien informó a la Comisión de los actos vandálicos cometidos por los Cheyenes y los Arrapahoes.
Con estos preliminares comenzaron a desempeñar severamente su misión los comisionados, sin inclinar más la balanza a favor de los blancos ni de los pieles rojas. Tal fue el preludio de la gran conferencia o pow-wow (palabra india que significa consejo), que debía comenzar el 12 de noviembre con los Cuervos.

EL GRAN CONSEJO DE LOS CUERVOS
El día indicado para la solemne conferencia de la comisión americana con los grandes jefes de los Cuervos, apareció el sol radiante, no empañaba el cielo ni una sola nube, y el tiempo era delicioso.
Al comparar la temperatura de aquel día con la de los precedentes, que tanto mortificó a los indios llegados de Dacota, debieron pensar los ancianos jefes que el Gran Espíritu se mostraba propicio al acto; si el sol, una de sus divinidades, consentía aquella vez en sonreírles, era sin duda porque se iba a mejorar su causa en la gran conferencia con los blancos.
Las diez de la mañana era la hora indicada para abrir la sesión; pero los indios, que nunca tienen prisa y solo preguntan la hora al sol, se hicieron esperar un poco, o tal vez era porque estaban ocupados en sus ceremonias de la gran medicina (nota de mí experiencia, “estudiando con los curas del Corazón de Maria, nos decían que comulgar no solo era bueno para el espíritu, también para el cuerpo ya que sanaba enfermedades). Por fin se les vio aparecer, vistiendo sus más vistosos trajes; algunos, que iban a caballo, cruzaban el río Laramie; mientras que otros seguidos de mujeres y de niños llegaban por el puente. La mujer de Diente de Oso, uno de los principales oradores, iba a caballo como su esposo, del cual no se le veía separarse nunca.
Cuando se hubo apeado el gran jefe Pié Negro, hizo seña a sus bravos para que se alinearan. Cada cual llevaba un traje distinto; este una piel de bisonte sobre su camisa de lienzo; aquel una manta de lana y un chaquetón de piel de gamo adornado de franjas, pero sin ningún adorno de cabello, pues los indios no se atrevían a hacer gala de este último delante de los blancos. El uno llevaba un traje de oficial y un pantalón sin fondillos; muchos cubrían su cabeza con un sombrero de fieltro negro, de forma calabresa como los generales americanos; pero ornado de una infinidad de cintas de distintos colores. Algunos jefes se habían puesto medias y sandalias de cuero, y ostentaban además pendientes y collares hechos de conchas o dientes de animales diversos.
No obstante, con todos estos adornos, un Cuervo había agregado a su larga cabellera otra postiza, de modo que le formaban como una cola desde el occipucio a los pies; esta cola no era manchada como la del gran jefe de los Ogallalla; pero estaba cubierta de placas de plata redondas, muy delgadas, cuyo tamaño iba disminuyendo con regularidad de la cabeza a los pies; a juzgar por el orgullo que manifestaba el jefe portador de aquel adorno, comprendíase que no lo hubiera dado por un imperio. Es preciso que los indios tengan en gran estima semejante ornamento, a la verdad muy caro, puesto que se encuentra en todas las tribus.
El jefe de la larga cabellera no era el único que llamaba la atención; un Cuervo lucía con orgullo una gran medalla recibida en otro tiempo en Washington de manos del Presidente; otro, que carecía de medalla, llevaba en su lugar un duro mejicano, juntamente con un espejito envuelto en un pedazo de lona gris. Al lado de estos tipos iban tres jefes o guerreros de gran reputación entre los Cuervos. Casi todos tenían el rostro pintado con bermellón, de amarillo o de azul.
En medio de la asamblea veíase al pobre herido de quien ya he hablado, con su pierna entablillada; el anciano jefe había querido asistir a la conferencia a toda costa y le habían bajado del caballo para colocarle allí.
Después de haberse alineado, los jefes entonaron un canto de su nación, grave, triste, mezclado con gritos discordantes y a veces agudos aullidos. Los bajos, los barítonos y los tenores no se sujetan a ninguna medida en este coro, y, sin embargo, esta música primitiva y salvaje estaba en armonía con el tipo de los cantores y con el conjunto que rodeaba la escena.
Los jefes avanzaron de este modo en una sola línea, lentamente, con el mayor orden y sin cuidarse de la multitud que se oprimía en torno de ellos. Jamás me habían parecido tan solemnes los Cuervos con sus formas atléticas y sus semblantes majestuosos. Llegados al sitio, separáronse para entrar un momento en la habitación de los intérpretes, donde recibieron a poco el aviso de que los comisionados estaban ya esperando para abrir la sesión.
La sala donde se iba a celebrar la conferencia era muy grande y podría contener de doscientas cincuenta a trescientas personas. Los jefes de los Cuervos tomaron asiento en unos bancos de madera, cada cual en el sitio que correspondía a su rango; y los individuos de la comisión se sentaron aisladamente formando círculo; de tal modo que se podía decir que la extrema civilización estaba frente al extremo salvajismo.
En el centro del círculo se sentó el orador; a un lado estaban los intérpretes y los agentes de los indios, y al otro un calígrafo, el secretario de la comisión y los corresponsales de los periódicos.
Las mujeres y los hijos de los jefes se habían sentado junto a estos en los bancos, distinguiéndose entre ellas las que tenían por apodo Aguacorriente, Yegua Amarilla y la Matadora del Oso. Los niños de algunas madres jóvenes interrumpían a menudo con sus gritos o su llanto el silencio de la asamblea; pero nadie hacía caso, y mucho menos los Cuervos.
Los Laramie-Loafers, los jefes Sioux (Siux) conducidos por Pallardie, los oficiales, los soldados, los dependientes, todo el mundo, en fin, había querido asistir a los debates; la Comisión paternal y liberal no cerro la puerta a nadie.
Cuando se hubo restablecido el silencio, levantose el doctor Matthews, agente de los Estados Unidos cerca de los Cuervos, y dijo en inglés:
“Tengo el honor de presentar a la Comisión de paz a los jefes de la nación de los Cuervos” y volviéndose hacia éstos, dijoles en su propio dialecto:
“He aquí a los comisionados que vienen de Washington para celebrar la paz con vosotros. Escuchad bien lo que os dirán, y veréis que no he faltado a la verdad”.

El intérprete de los Cuervos, Pedro Chene, un canadiense, mezcla de irlandés y francés, tradujo estas palabras en inglés a la Comisión, ayudándole en sus funciones Juan Ricardo, uno de los hijos de aquel compatriota que yo encontré en el campamento de los Sioux (Siux). Estos dos hombres no brillaban como intérpretes, y debían traducir en mal inglés, sin tener en cuenta el genio del idioma de los Cuervos, (en) los elocuentes discursos que se iban a oír; seguro era que los señores de la Comisión echarían de menos a los entendidos Intérpretes que les habían servido en el gran consejo de las cinco naciones del Sur.
Este consejo, celebrado en Kansas, en octubre de 1867, cerca de un riachuelo tributario del Arkansas, terminó (en) por un solemne tratado de paz, que firmaron los Comanches, los Apaches, los Kayoways, los Cheyenes y los Arrapahoes. Todos consintieron pasar a los acantonamientos o reservas que les señalaron los comisionados a orillas del río Rojo, al sur del territorio indio, donde se hallaban establecidos, hace muchos años, los Cherokees, los Creeks, los Osages y otras tribus de los Estados Atlánticos.
La presentación de los Cuervos a la Comisión, y recíprocamente, estaba conforme con las costumbres americanas y las inglesas; en los Estados Unidos, no se debe hablar con nadie antes de haber sido presentado. Mientras se llenaba este requisito, los Cuervos dejaban oír su grito sordo ¡A’hou!, que entre los indios de las praderas sirve a la vez de saludo y de signo de aprobación. Al mismo tiempo circulaba la característica pipa de boca en boca, mientras que los jefes, unidos e inmóviles, se mostraban indiferentes.
Levantose, por fin, Diente de Oso, aspiro tres veces en la pipa, y presentándosela al doctor Matthews, le dijo:
-Fuma y acuérdate hoy de mí, concediéndome lo que te pida.
Pasándola después al general Harney, añadió:
-Fuma, padre mío, y compadécete de mí.
Dirigiéndose después al presidente Taylor, y sucesivamente a los generales Augur, Terry, Sanborn y al coronel Tappan, que a su vez chuparon en la pipa, lanzando después una bocanada de humo, dijo a cada uno de ellos:
-Padre, acuérdate de mí y de mi pueblo, y no olvides que somos pobres.
Hecho esto, sentóse Diente de Oso y dijo que él y su nación estaban dispuestos a escuchar el discurso de los blancos. Reinó entonces profundo silencio. Y el presidente se levantó para leer su discurso, cuyas frases traducía en Cuervo el intérprete Chene. Bastará resumir aquí el conjunto de este discurso, que como las comunicaciones oficiales de todos los gobiernos, no se distingue sino por una gran reserva.
“Todos somos hermanos, dijo el orador a sus amigos, los jefes, capitanes, y guerreros de la nación de los Cuervos… Vuestro gran padre nos ha enviado de Washington para veros y averiguar cual son vuestros motivos de queja… Los blancos han ocupado el territorio que habitáis para explotar las minas, abrir caminos y fundar establecimientos, lo cual os perjudicará; y, por lo tanto, deseamos que nos indiquéis que parte de vuestras tierras deseáis reservaros exclusivamente, porque nos hemos propuesto compraros la otra para utilizarla como merece… En vuestras reservas mandaremos edificar una casa para vuestro agente, una fragua, una granja, un molino, una fábrica de serrar maderas y una escuela; queremos también proporcionaros los instrumentos con que os sea dado trabajar la tierra y ganar vuestro sustento cuando el bisonte haya desaparecido; y además recibiréis varios regalos que están en camino… Ahora deseamos oír todo cuanto tengáis que decirnos, y estad seguros que os contestaremos animados del mejor espíritu…”
La primera parte de este discurso fue escuchada por los Cuervos con evidentes muestras de satisfacción, pues a cada momento producían esos sonidos guturales que son para los indios lo que las exclamaciones bien, muy bien, en nuestras cámaras legislativas. La segunda se escuchó al contrario, en medio de un silencio glacial.
Cuando el presidente hubo terminado, circuló la pipa otra vez de boca en boca, y los indios parecieron concertarse. Uno de los comisionados, el general Sanborn, quiso disipar aquella nube para que volviese la calma al espíritu de los Cuervos, y, en efecto, rogó al intérprete que les hiciera entender que los blancos no deseaban ocupar su territorio, sino la parte que estaba en vías de colonización; pero esto no pareció convencer a los jefes.
Sin embargo, levantose Diente de Oso y contesto:
“He comprendido perfectamente lo que nos habéis dicho, y voy a deciros lo que pienso”.
Estrechando entonces la mano al presidente Taylor, exclamó: “Padre, he venido desde muy lejos para verte y para pedirte justicia”.
Dirigióse enseguida a los generales Harney, Augur y Terry, y les dijo sucesivamente:
“Padre, tengo una satisfacción en verte y en estrecharte la mano; haz alguna cosa por mí”.
Padre, estoy muy cansado; soy un hombre pobre; he venido desde muy lejos, y me ha sido preciso acampar en sitios donde padecí mucho el frío por no haber yerba ni leña”.
Diente de Oso, dirigió frases análogas al general Sanborn y al Coronel Tappan, y dando cuatro veces la vuelta en el semicírculo ocupado por la Comisión, estrechó a todos la mano. Preguntábanse aquellos señores cuando terminaría este exordio preparatorio; poro el Dr. Matthews advirtió a la asamblea, que era costumbre ante los Cuervos repetir hasta cuatro veces la misma fórmula.
Por último, Diente de Oso tomó una piel de manos de su mujer, que estaba a su lado, presentósela al general Arney y le dijo:
“Padre tu cabello está ya blanco; toma esta piel, y ella te preservará del frió durante la vejez”.
El jefe indio volvió a ocupar entonces el centro del círculo que formaban sus compañeros y los comisionados y pidió permiso para hablar sentado. Otorgósele al punto, y Diente de Oso pronunció su discurso, que fue vertido al inglés por el intérprete con la mayor exactitud. Yo le copié después, procurando que mí traducción reprodujera fielmente las palabras, aunque para ello fuese necesario sacrificar la elegancia del estilo; de modo que el discurso que se leerá es al pié de la letra el que se pronunció, y no uno imaginario, como los que estampan Cooper e Irving en sus novelas.
“Padre, en la primavera última me hallaba yo al pié de la montaña del Gran Cuerno, y uno de tus jóvenes (soldados) me dijo que vendrías a visitarme. Mi padre blanco me pedía que recorriese una parte del camino, yo vacilé, porque estaba lejos, muy lejos; pero al fin resolví ponerme en camino. Este otoño, cuando los árboles comenzaban a perder su follaje, los Cuervos se hallaban a orillas del río Piedra Amarilla; tu mensajero me trajo diez cajas de tabaco, y manifestóme tu deseo de que fuéramos a Laramie. Yo le contesté que si; pro hubiera preferido que mi Padre blanco me hubiese citado en el fuerte Kearney; y añadiré que allí habría contestado afirmativamente a cuanto pudiera pedirme. Pero en el intervalo llegó el mal tiempo, y fuéme preciso venir a Laramie, a pesar del frío y del lastimoso estado de mis caballos. Espero, pues, que mi Padre blanco contestará afirmativamente a todas las peticiones que le dirija”.
“Padres, he andado mucho camino para venir a veros; soy muy pobre; tengo hambre y frío, y no hemos encontrado durante el viaje un solo bisonte, ni leña, ni agua. Miradme todos los que me escucháis; soy un hombre como vosotros; tengo una cabeza y un rostro como el vuestro; todos somos un mismo y único pueblo; y quiero que mis hijos y mi nación prosperen y vivan largos años”.
Al pronunciar estas últimas palabras, Diente de Oso se dirige a los comisionados Taylor y Harney, y estrechándoles convulsivamente las manos exclama:
“Padres, Padres, retirad a vuestros jóvenes de la montaña del Gran Cuerno; han recorrido el país destruyendo los árboles y la verde yerba, y han abrasado nuestros terrenos; no contentos con devastar el territorio, han matado mis animales, el alce, el gamo, el antílope y el bisonte; pero no para que les sirviesen de alimento, sino solo por pura diversión, puesto que han abandonado sus victimas para que se pudran. Y decidme ahora, Padres; si yo fuese a vuestro país para matar los ganados, ¿Qué diríais entonces? ¿No os parecería que obraba mal? ¿No me declararíais en tal caso la guerra? Pues bien, sabed que los Sioux (Siux) me han ofrecido centenares de mulas y caballos para que les auxilie en su lucha contra vosotros, y sin embargo, no acepté”.
“De esto hace ya amucho tiempo; en aquella época hicisteis un tratado con la nación de los Cuervos, y después os llevasteis a uno de nuestros jefes a vuestros Estados. Supongo que comprenderéis lo que quiero decir; este jefe no ha vuelto jamás; ¿Dónde está? Nosotros no hemos vuelto a verle, y estamos cansados de esperarle. ¿Por qué no nos dais lo que dejó? Sus parientes, sus amigos y sus compatriotas han venido aquí para saber sus últimas voluntades”.
“He sabido que habéis enviado correos a los Sioux (Siux) y a los Cuervos, y que así como a nosotros les regalasteis tabaco; pero advertir que los Sioux (Siux) han ,manifestado que no vendrán, porque les habéis engañado una vez, y ved aquí lo que me han dicho: “¡Ah! Los Padres blancos os llamado y vais a verlos; pero os tratarán como nos trataron a nosotros. Id, ved y volved a decirnos lo que habéis oído. Los Padres blancos cautivarán vuestros oídos con agradables y dulces promesas, las cuales no cumplirán jamás. Id a verles, y se burlarán de vosotros.” Ahora bien, ya veis que sin hacer aprecio de cuanto me dijeron los Sioux (Siux) he venido a visitaros; y así es que cuando regrese temo perder en el camino la mitad de mis caballos”.
“Padres, Padres, no me avergüenzo de hablar ante vosotros; el Gran Espíritu nos ha hecho a todos; pero puso al hombre rojo en el centro y a los blancos alrededor. ¿Queréis hacer de mí un indio inteligente? ¡Ah! Mi corazón rebosa de amargura. Todos los Cuervos, los ancianos jefes de otras épocas, nuestros abuelos y bisabuelos, nos dijeron a menudo: “Conservaros amigos de los rostros pálidos porque son hombres muy poderosos”. Nosotros, sus hijos, les hemos obedecido, y ved ahora cual es el resultado”.
“Hace mucho tiempo, tal vez más de cuarenta años, que los Cuervos acampaban en el Missouri, y cierto día, sin mediar choque ni reyerta alguna, un jefe blanco disparó un pistoletazo al nuestro”.

                                           
“Otro día acamparon tres furgones en el río de la Piedra Amarilla; custodiábanlos tres blancos y una mujer; y como se acercasen a ellos tres Cuervos para pedirles un pedazo de pan, uno de los guardines cogió el fusil y les disparó un tiro. Caballo Alazán, jefe de gran nombradía cayo herido y murió de resultas. (El hecho que cita Diente de Oso ocurrió efectivamente en 1854). Nosotros hemos olvidado ya el asesinato; pero recuerdo estas cosas, para demostrar que los rostros pálidos han cometido faltas lo mismo que los indios”.
“Hace algún tiempo que fui al fuerte Benton, porque también nosotros habíamos cometido algunas faltas. Mis hombres tiraron por error contra unos blancos; y tanto es así que me presenté al punto a dar satisfacción al jefe blanco; y para expiar en parte el mal y pagar daños y perjuicios, le entregué nueve mulas y sesenta pieles de bisonte. Después fui al fuerte Smith, situado en el río del Gran Cuerno, donde encontré a los blancos; y al acercarme a los oficiales para darles la mano, contestáronme con una lluvia de puñetazos, haciéndome rodar por tierra. He aquí como nos trata vuestra gente”.
“Padres, habéis hablado de labrar la tierra y de hacernos ganaderos; no quiero que me hagáis semejantes proposiciones. Me crié con el bisonte, con él he vivido y con él quiero morir”.
“Desde que nací pude aprender, como vuestros jefes, a ser fuerte y duro en la guerra, a trasladar mi tienda a donde bien me parecía y a recorrer las praderas a mi antojo, y ahora dispensadme, que estoy cansado de hablar”.
“Y en cuanto a ti Padre, añadió dirigiéndose al presidente Taylor, acepta mis sandalias como un recuerdo, que ellas te calienten los pies”.
El discurso de Diente de Oso llega hasta aquí.
La Comisión estaba formada por:
Como presidente el Comisionado de Asuntos Indígenas Nathaniel G. Taylor, el General William S. Harney, el General Alfred H. Terry, el General C. C Augur, J. B. Henderson, el General John B. Sanborn, y el Coronel Samuel F. Tappan, Teniente-General William T. Sherman,
Al final del discurso de Diente de Oso, intervinieron otros dos Cuervos. Al día siguiente intervino el Presidente Taylor y replicaron los Cuervos. Trató Taylor de calmar a los indios que insistían en la retirada de las tropas del Extremo Oeste e igualmente la retirada de los buscadores de oro.
Denunciaron la corrupción de los agentes de indios.
Se acababa de cerrar un tratado con las cinco tribus grandes del Sur, pero aquí fue un fracaso.
Convinieron una nueva reunión para el 5 de agosto de 1968.
Se trato de influir en los Arrapahoes a través de Vendredi, un indio educado en Estados Unidos. Caballo Alazán, en nombre de los Arrapahoes, se sintió dispuesto a aceptar las condiciones de la Comisión.
Esta conferencia fue la última y no resultó. Además de todo lo expuesto, también, por la falta de comparecencia de Sioux (Siux) y Cheyenes.

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